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"Vigilada Mineducación"

Populismo macroeconómico: nuevas evidencias sobre un viejo enfoque

Publicado el: 18-03-2022

Los riesgos de las promesas de campaña. Cantos de sirena


En esta esta época preelectoral en Colombia aparecen discursos y propuestas de los candidatos a la Presidencia de la República que es necesario analizar con detenimiento.

En particular, cuando las propuestas y su eventual materialización afectan la vida económica y social del país, los ciudadanos tienen la responsabilidad de estudiarlas y tomar posiciones frente a ellas a la hora de elegir entre los diferentes candidatos. Las propuestas económicas deben reflejar no solo el conocimiento que tenga el candidato sobre la situación económica del país en temas tan relevantes como los impuestos, el gasto social, el manejo de la inflación, el comercio internacional y la capacidad energética, entre otros, sino también la capacidad que tenga el candidato de prever los impactos de corto, mediano y largo plazo que sus propuestas puedan tener en caso de implementarse, y su posición frente al modelo económico actual, basado en una economía de mercado y el respeto por las libertades civiles.

Cuando el nuevo gobierno llega al poder, una vez se surte el proceso electoral, el diseño de la política pública y, en particular de la política económica, depende del enfoque que adopte. Uno de esos enfoques es el denominado populismo macroeconómico. Para entender ese enfoque
es importante revisar la historia y la evidencia que ofrecen algunos casos concretos en América Latina, los cuales, a su vez, han estado inspirados en movimientos políticos populistas. Para comenzar, es importante entender en qué consiste el populismo político que es el respaldo del populismo macroeconómico. Aunque no es fácil definir el populismo, acudiendo a la ciencia política se puede decir con Drake (1982) que hay tres elementos que lo caracterizan:

  • El primer elemento se refiere a la movilización política llena de símbolos que inspiran a la gente con una retórica recurrente sobre temas como la superación de la pobreza, la eliminación de las desigualdades y la lucha frontal contra la corrupción.
  • El segundo elemento es el aprovechamiento de una coalición heterogénea de la que hace parte, primordialmente, la clase trabajadora, pero con participación también de algunos sectores de la clase media e inclusive de estratos altos.
  • El tercer elemento, se refiere a un aire de reformismo para lograr desarrollo y equidad económica y social.


Sin embargo, no se explica con claridad al electorado cuáles serán los modelos, los mecanismos y los instrumentos para lograr cumplir las promesas ambiciosas y, no en pocos casos, utópicas que promueven los candidatos de corte populista.

Si se revisa la historia, en el año 1989, Rudiger Dornbusch y Sebastián Edwards, dos connotados economistas, escribieron un artículo titulado “Populismo macroeconómico en América Latina” y centraron sus análisis en los casos de Chile, en el gobierno de Salvador Allende (1970-1973), y de Perú en el primer gobierno de Alan García (1985-1990). Como resultado de las políticas adoptadas por estos dos gobiernos populistas, la tasa de inflación se disparó. En el caso chileno, para el período 1970-1973 llegó a ubicarse en casi 600 % y de allí en adelante comenzó a descender hasta llegar a un dígito cuando se consolidó el banco central como un ente autónomo. Esto ocurrió con el cambio de gobierno en 1973 y con el cambio de política económica que privilegió la independencia del Banco Central de Chile y la disciplina fiscal y monetaria.

En Perú la situación fue aún más crítica cuando en 1990 la inflación llegó a ubicarse cercana a 7.400 %. En ambos casos, el populismo macroeconómico fue el enfoque con el cual se diseñó la política económica, acompañada también de procesos de expropiación de tierras y empresas y, al mismo tiempo, de nacionalizaciones de sectores como la minería del cobre en Chile. Aunque al comienzo de estos dos gobiernos se vivió una “gran euforia” derivada del aumento de los salarios reales, en parte debido al control de precios, esta “gran euforia” no duró mucho por la expansión del déficit fiscal, la contracción de la oferta y el incremento de la demanda agregada, factores que llevaron a la hiperinflación exacerbada por la emisión primaria de los bancos centrales.

En este sentido, el elector promedio y el ciudadano común y corriente no logran anticipar el impacto negativo de una hiperinflación y mucho menos de desentrañar las consecuencias funestas que ella implica. Tampoco logran dimensionar la brecha entre los ingresos del Estado y el gasto público, y su impacto negativo en la economía. Dornbusch y Edwards (1989) sostienen que el populismo macroeconómico es un enfoque de la política económica que enfatiza en el crecimiento de la economía y en la reducción de la inequidad y la pobreza. Sin embargo, este enfoque desestima, de un lado, el riesgo inflacionario y el déficit fiscal y, de otro, la importancia del comercio internacional, recurriendo a medidas proteccionistas que se traducen, por ejemplo, en impuestos a las importaciones. Al mismo tiempo, el populismo macroeconómico no le presta atención a la reacción de los agentes económicos cuando reclaman ajustes para la recuperación del rumbo de la economía, basados en decisiones de mercado. Las evidencias de los casos de
Chile y Perú deben ser ampliamente conocidas y difundidas entre los electores para que no se llamen a engaños de los candidatos populistas que, de llegar al poder, materializan el riesgo inflacionario con consecuencias impredecibles.

En los últimos quince años y a pesar de las evidencias observadas, volvieron a aparecer casos de populismo macroeconómico como Venezuela, Nicaragua, Argentina, México y Bolivia con gobiernos y electores que no aprendieron la lección. Esos países han enfrentado y aún enfrentan crisis de hiperinflación que representan un duro golpe para los hogares y, en particular, para los de menores ingresos, profundizando las condiciones de pobreza y desigualdad que prometen corregir en períodos electorales.

La inflación no controlada o, peor aún, la hiperinflación, es el fenómeno más evidente y perjudicial para la economía, que resulta de implementar una política económica fundamentada en el populismo macroeconómico.

Esa política por lo general está asociada a un relacionamiento insano de los gobiernos con sus bancos centrales, como lo muestra la historia en los casos de varios países de América Latina con consecuencias graves para la economía y la sociedad. En Colombia, por lo contrario, se ha aplicado históricamente una política macroeconómica gradual y prudente desde los orígenes mismos del Banco de la República en 1923, en lo que se refiere a la política monetaria y al control de la inflación. Desde las épocas de la llamada Junta Monetaria ya había, entre los macroeconomistas, un acuerdo o consenso sobre el manejo técnico de las decisiones monetarias por encima de cualquier consideración política o ideológica o por encima también de la influencia del propio presidente de la República o de su ministro de Hacienda.

Ese manejo técnico lo ratificó la Constitución de 1991 al otorgarle al Banco de la República y su Junta Directiva la trascendental tarea de controlar la inflación. Desde entonces, el Banco de la República ha hecho, con lujo de detalles técnicos, todo lo necesario para poder mostrar una inflación de un dígito desde hace más de veinte años. Sin duda alguna, el control de la inflación en Colombia, gracias a la independencia del Banco de la República, es quizás uno de los activos
más importantes de la política económica del país, lo cual ha permitido mantener lejos al populismo macroeconómico observado en el vecindario, y que ha dejado resultados catastróficos en
los respectivos países. Es necesario, por el bien de la sociedad colombiana, mantener ese activo económico que representa la independencia del Banco de la República con una Junta Directiva
estrictamente técnica y lejos de cualquier consideración populista o politiquera.


Cuando el movimiento político populista llega al poder y en coherencia con los tres elementos mencionados que lo caracterizan, su política macroeconómica resulta incompatible con el manejo prudencial que requiere una economía sana de mediano y largo plazo, condición necesaria para el crecimiento sostenido y sostenible como base del desarrollo. En este sentido, la coalición heterogénea, que en gran medida lleva al poder a ese movimiento populista, no logra entender, mucho menos dimensionar, los riesgos que implica la subestimación del déficit fiscal y la hiperinflación, para citar solo dos variables determinantes del manejo macroeconómico y entonces viene un período de frustración y desencanto generalizado de la sociedad.

En esta época preelectoral, bien vale la pena preguntarles directamente a los candidatos y candidatas a la Presidencia de la República para que respondan sin titubeos: ¿cuál es su posición frente a la independencia del Banco de la República? ¿Se respetará esa independencia como un
activo histórico del país que ha permitido contener ese “impuesto” pagado por los ciudadanos y particularmente por los de menores ingresos que se llama inflación? Hoy, con una historia y evidencias de más de cincuenta años de populismo macroeconómico en
América Latina, con consecuencias nefastas para la economía y la sociedad, están volviendo a sonar en Colombia cantos de sirena en algunas de las campañas electorales a la Presidencia de la República. La evidencia muestra los peligros de este tipo de enfoque que tiene altos costos sociales y económicos que se materializan principalmente en el mediano y largo plazo.



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